Secuestradores de atención

Hace unos meses la empresa de estudios de mercado Nielsen nos informaba de que las personas adultas en Estados Unidos pasan casi la mitad del día interaccionando con los “media”. En concreto, ¡11 horas de las 24 que tiene un día! Este comportamiento es muy preocupante para nuestra satisfacción vital, para nuestro desempeño e incluso para nuestra salud mental. El motivo de mi preocupación es que estas pantallas se convierten en secuestradores de nuestra atención, atención que dejamos de prestar a las personas que nos rodean o a aquello que es importante en nuestra vida.

Me costaba creer esa cifra tan elevada y me fui a la fuente. Me relajé un poco al ver que también incluía la radio y la televisión en directo, que desde mi interpretación benévola podrían asociarse a una actitud pasiva por parte del receptor. Sin embargo, quitando esos canales “pasivos”, pude constatar que en promedio pasamos más de 4,5 horas diarias enganchados activamente a pantallas a través de smartphones, tablets, ordenadores o videojuegos. Algunos pueden pensar que no es tanto, pero no olvidemos que es un promedio, y que habría otras 6,5 horas en las que estaríamos viendo la tele o escuchando la radio. Con todo, nuestro cerebro se ve secuestrado por miles de estímulos, que toman las riendas de nuestra atención.

Simplificando mucho la neurociencia detrás de la atención, podemos entender la atención en dos modalidades: abierta o concentrada, y ambas formas serán más o menos adaptativas en función de las circunstancias. En modo abierto, la atención nos permite captar los estímulos de nuestro alrededor de forma consciente. Es una forma de observar el mundo que nos rodea y a nosotros mismos, serenamente y sin juicios, que se puede entrenar a través de la meditación o el Mindfulness. Mientras que, en modo concentrado, nuestro neocórtex toma el control ejecutivo y dirige la atención a un foco concreto. Cuando esta modalidad está activada entramos en lo que Mihály Csíkszentmihályi definiría como experiencia Flow, y nos sentimos totalmente absorbidos por la actividad que estamos llevando a cabo.

Más allá de las distintas modalidades de atención y su utilidad, simplemente me gustaría transmitir mi preocupación por la intrusión de ladrones de atención en nuestra vida, ya sea de una modalidad u otra. Estos ladrones son los que comentaba al principio: las aplicaciones de nuestros teléfonos, surfear por la web, las redes sociales, revisar continuamente la bandeja de entrada, etc. Todos los beeps, globos, banners, emoticonos, mensajes que aparecen en nuestras pantallas desvían nuestra atención hacia ellos. Son distractores que consumen recursos mentales de nuestra atención, provocando una sensación abrumadora de estímulos, a los que no podemos atender como quisiéramos o nos distraen de lo que estábamos haciendo.

Supongamos, por ejemplo, el director comercial de una gran empresa, en medio de una reunión de planificación estratégica con el Comité Ejecutivo. A mitad de la reunión, la pantalla de su smartphone se ilumina, indicando que ha recibido “algún tipo de mensaje”. La luz hace que mire de reojo, para tratar de captar el mensaje mientras la pantalla esté encendida. Con bastante probabilidad, disimuladamente toca el teléfono para entrar en la aplicación correspondiente. Y al cabo de unos segundos, el mensaje lo ha atrapado, desatendiendo por completo la reunión en la que estaba. Y en esa distracción se ha perdido el sutil gesto de indignación del Director General, o las miradas cómplices entre dos de los asistentes. Se ha desconectado del directo y no ha podido procesar información muy valiosa de la parte humana del Comité, que podría marcar la diferencia entre el éxito o no de sus iniciativas.

Por eso, cuando hablamos de gestión del tiempo, necesitamos hacernos conscientes de nuestros distractores de atención. No es tarea fácil, porque en el fondo hay algo de adictivo detrás de nuestro comportamiento. Hay un leve confort para nuestro ego detrás de cada mensaje que alguien nos envía, porque nos hace sentir que existimos en la red, somos vistos como individuos en este mundo interconectado. Y como toda adicción, al final, ya no consumimos por el placer que nos produce, sino para aliviar el malestar que sentimos en su ausencia. Cuando entramos en esta capa de la reflexión, donde no se trata simplemente de darse de baja de Facebook, sino que nos enfrentamos a preguntas sobre quiénes somos o creemos ser, estamos entrando en conversaciones profundas. Y ahí es donde radica el cambio perdurable, que a menudo exploramos en mis sesiones.

¿Cuándo fue la última vez que te sentiste íntimamente conectado con tu entorno? ¿Cuáles son las experiencias que te hacen fluir?

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