Recibir la mirada del otro

Somos muchos los que tenemos puntos ciegos que impactan en los demás, sin ni siquiera darnos cuenta. A veces es un comentario, hecho desde la ingenuidad, que hace sentir mal a un amigo. Otras veces, es nuestra forma de hacer demasiado impetuosa, la que nos lleva a enjuiciar a los demás como poco proactivos o implicados. Pero seguimos ciegos, porque nuestra razón nos da argumentos para seguir funcionando en piloto automático. Por ejemplo, nos dice que ser impetuoso es una virtud, quizás muy valorada en nuestra familia; o nos hace creer que nuestra sinceridad es nuestro don distintivo. 

El origen de esa ceguera suele encontrarse en una capa profunda de nuestra forma de ser, de interpretar el mundo, y normalmente viene de lejos. No nos engañemos, si fuera fácil de identificar, ya lo habríamos solucionado. 

Como anticipaba en el post sobre los mecanismos de evasión, no es obvio salir del piloto automático y superar los puntos ciegos. Y menos aun darse cuenta de que estamos atrapados en una red de excusas y evasiones para no enfrentar las creencias que nos están impidiendo avanzar.

Esas creencias y comportamientos, que nos ayudaron a crecer en su momento, se nos pueden quedar pegados sin sernos útiles, convirtiéndose en nuestros puntos ciegos. Todo puede discurrir aparentemente bien, hasta que empiezan a surgir situaciones inexplicables para nosotros. Por ejemplo, cuando no entendemos por qué nuestro amigo se sintió mal por lo que dijimos (si es que somos capaces de hacer la conexión). O nos quejamos cuando los colegas no quieren trabajar en nuestros proyectos. O cuando no nos dan ese ascenso que tanto nos merecemos. Y nos vamos quedando más solos y pegados a nuestras creencias, porque las hemos confundido con nuestra identidad.

Una posible manera de salir de esas situaciones incómodas e incomprensibles es a través de la mirada “del otro”.  Ese “otro” puede ser un coach, entrenado para acompañarte en la autobservación de manera consciente. Y es el “otro” el que a menudo nos hace una pregunta que nos lleva a abrir nuestra propia mirada, y ocurre algo único: hacemos “click”; o como dirían mis amigos chilenos: se nos cae la teja. No todo depende de “el otro”, obviamente; nosotros necesitamos abrir un canal para que nos llegue ese comentario que nos producirá el “click”. De alguna manera, necesitamos también estar atentos al “otro” y recibir su mensaje. De esa conexión y del espacio que lo promueve seguiré escribiendo en otro post, ya que es algo fundamental para que ocurra lo que tenga que ocurrir durante una buena conversación.

¿En quién confías para que te acompañe a mirar tus puntos ciegos? 

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