El coaching y su ritmo

En estos tiempos acelerados, la conversación, paciente y abierta, es un regalo que nos abre un espacio para mirarnos y mirar al otro. Sin embargo, para que esto ocurra, hay un ritmo que necesita ser escuchado. Todo un desafío en estos tiempos, en los que andamos escasos de buenas conversaciones, porque requieren presencia, escucha, interés por el otro y una forma de estar en el mundo abierta y curiosa. En cambio, estamos llenos de prisas, gadgets electrónicos (secuestradores de atención), actividades y obligaciones. 

Durante las primeras sesiones, algunos de mis coachees, al cruzar el umbral de la sala, antes de sacarse la chaqueta y sentarse, empiezan a compartirme sus avances respecto a la sesión anterior. Es tal la necesidad de hablar, que no es fácil frenarnos, saludarnos y “llegar” a la sesión. Durante el proceso, el ritmo suele ir ajustándose para que se produzca el aprendizaje necesario. Lo veo como parte del proceso de crear sintonía rítmica entre los seres humanos.

Hay muchos aspectos que contribuyen a una buena conversación, que trataré de ir comentando en este blog (estaré encantada de escuchar vuestras propuestas). Pero en este breve post, simplemente quiero detenerme en el ritmo. El ritmo no solo es la velocidad, también incluye las pausas, los silencios compartidos, la cadencia, la alternancia de turnos de palabra, la improvisación para ajustarnos al otro. A mi modo de ver, algo que ayuda a ir sincronizando el ritmo en una conversación es la respiración, como una invitación a reconectarnos con lo que estamos sintiendo y a conectar con la otra persona. 

Al tomar conciencia del ritmo, también podemos aprender a modularlo, para que nos acompañe a la hora de sostener buenas conversaciones. No es lo mismo una conversación para decidir donde iremos a cenar, que una conversación de feedback con un compañero, y claramente el ritmo que debemos imprimir es distinto entre ellas. Hay algunas personas que se justifican diciendo “lo siento, es que yo hablo rápido”, como algo inmutable, que se traduce en mi mente como “o lo tomas o lo dejas”. Sin embargo, hay ritmo por explorar en cada uno de nosotros.

Finalmente, solo quiero mostrar algunas utilidades de aprender a modular el ritmo. Está, por ejemplo, el ritmo como aliado de la autoregulación emocional. Pongamos el caso de una situación en que nos empieza a subir la rabia, puedo entonces tratar de disminuir el ritmo, potenciar las pausas, y poco a poco bajar el volumen de esa rabia para tomar mayor perspectiva. También está el ritmo como catalizador de propósitos en las conversaciones. Así, si quiero tener una conversación para motivar a un equipo, seguramente sea un ritmo más fluido y rápido, más irregular en su cadencia, con entonaciones distintas, para conectar con la ilusión y el futuro compartido. Otra utilidad del ritmo es lograr cercanía y empatía con el otro, construyendo la relación con el otro (rapport), a modo de ir acoplando mi propio ritmo al del otro, de una forma deliberada y consciente. Estos son solo unos ejemplos para animarnos a aprender a “jugar” con nuestros propios ritmos. 

Para terminar, os dejo con un video sobre cómo el jazz juega con los ritmos para sacar lo mejor de cada uno de los integrantes de la banda.

¿Qué ritmo necesitas hoy para sintonizar con las personas que te rodean?

 

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