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Anna Castro

Cuando vernos como individuos ya no nos sirve

Todos hablamos del individualismo de nuestros tiempos con un cierto tono peyorativo, asociándolo a egoísmo, egocentrismo, liberalismo, capitalismo, … Y, sin embargo, todos estamos sometidos a él, y escaparse es muy difícil, si no imposible. No hay que olvidar, que ese individualismo lo llevamos ciegamente incorporado en muchas de nuestras acciones, de las que nos sentimos orgullosos. Por ejemplo, tomamos decisiones como individuos autónomos y libres, o llevamos a cabo acciones sin la necesidad de contar con nadie más para hacerlo. Y me pregunto si esta sensación (u obligación) de ser autónomos, libres, autosuficientes, independientes y separados de los demás, no será una ilusión heredada del pasado, fruto de un discurso que hoy nos trae más sufrimiento del que alcanzamos a ver.

Desde muy pequeños nos enseñan a ser autónomos y responsables de nuestras acciones. Cuando crecemos nos dicen que no es bueno depender de nadie, ni de tu pareja, ni de tus padres o hijos. Nuestra unicidad y criterio individual nos hace especiales y lo asociamos a nuestra identidad. Y, en cierto modo, para la sociedad que hemos creado es útil que nos sintamos “aislados y especiales”, es una forma de mantener el orden democrático. Sin embargo, lo que puede funcionar para el orden social, quizás no nos sirva tanto para nuestra felicidad.

Hace poco, en una sesión de coaching, un ejecutivo se cuestionaba la necesidad de relacionarse con su entorno de forma distinta para sentirse mejor en su trabajo. Buen punto, pensé… Me llevó a reflexionar sobre este supuesto individualista, en el que parece que quienes somos y lo que nos ocurre dependa solo de nosotros. No es la primera vez que el paradigma individualista emerge durante mis sesiones de coaching. A menudo, aparece como un sentimiento de traición, en el momento que la otra persona juzga que si hace las cosas de forma distinta está faltando a su “verdadera identidad”. Otras veces, lo observo como un bloqueo o frustración por no lograr cambiar, bajo la ilusión de que el aprendizaje que necesitan solo depende de sus capacidades, sin considerar a nadie más. En ese momento, el desafío está en mirar en qué medida el contexto nos influye (o determina) y atrevernos a cuestionar nuestra forma de relacionarnos y su impacto en la generación de ese espacio social con el que tanto nos cuesta lidiar. Es una doble mirada sistémica: de afuera hacia adentro, y de adentro hacia fuera.

Este post es una invitación a explorar cómo sería nuestra identidad si la definiéramos por nuestra capacidad de generar vínculos, desde lo relacional; en lugar de sentir que tenemos una identidad única marcada por nuestra racionalidad, autosuficiencia o autonomía individual. Es un tema que da para mucho más, y que nos acerca a la identidad postmoderna, en la que los límites del individuo se diluyen, sometido a múltiples fuerzas y demandas de la sociedad. Pero entrar ahí, merece otro post.

Os dejo un link que resume el concepto de Self Saturado desarrollado por Gergen (link al libro) y profundiza sobre la idea de individuo y sus paradojas en el mundo de hoy. Seguiré tratando este apasionante tema en el blog, con vosotros, y en nuestra vida real 😉