Atados a la solucionática

Como ingeniera me pasé cinco años aprendiendo a solucionar problemas. Cada vez eran enunciados más complejos, con más condicionantes y variables a considerar. Recuerdo el orgullo que sentía al llegar a una solución, sentir el trabajo bien hecho o la demostración perfecta. Era una sensación de satisfacción indescriptible, de saber que lo había logrado. Normalmente no lo podía compartir con mucha gente, porque eran pocos a los que les interesaba y menos los que entendían lo que hacía. Quizás por eso los ingenieros somos tan endogámicos, porque nos entendemos y valoramos entre nosotros.

Con el pasar del tiempo, topamos con personas con otros intereses, que hablan distinto, que no enfocan los problemas de forma analítica y racional. Entonces se despierta la incomodidad en nuestro interior, como un malestar que nos hace saltar. Una reacción muy habitual es “ningunear” al otro, hacer como si no existiera. Otra reacción, igual de arrogante, es ridiculizarlo, reírse de su aproximación incorrecta a los problemas. Y así vamos tirando, hasta que llega un momento en el que nuestros compañeros de trabajo, incluso nuestro jefe, pertenecen a esa especie alienígena que no tiene ni idea de cómo enfocar los problemas. Entonces entramos en la fase de la incomprensión: ¿cómo ha llegado hasta allí esa persona? ¿qué valor aporta a la organización si no tiene ni idea de lo que habla?

Aquí aparece la frustración, la rabia, la angustia, la resignación o el desprecio hacia el jefe, la empresa o el mundo entero. No quiero justificar que todo el mundo que ostenta un cargo de autoridad se lo merezca, para nada. Sin embargo, vale la pena tomar un poco de distancia y preguntarnos si no seremos nosotros los ciegos o los que necesitamos aprender algo también.

Esta capacidad de empezar a mirarnos como parte del problema me resulta admirable. Sé por experiencia propia lo difícil que resulta cruzar ese umbral, porque implica poner en riesgo aquello que nos daba identidad como expertos. Porque adentrarse en el mundo incomprensible de lo humano es incierto y nos puede despertar el temor de convertirnos en aquello de lo que tanto nos habíamos burlado al principio.

Un primer paso para transitar entre lo técnico y lo humano es cambiando el foco de nuestros planteamientos cuando el tema involucra personas. En lugar de ir directamente a la solución “correcta” (nuestra solución), simplemente presentar el problema y sostenerlo por un rato (para nada fácil). De hecho, hay problemas que ni siquiera sabemos cómo plantearlos, y menos aún qué solución pueden tener, si es que la tienen. Se trata de un ejercicio de humildad a nivel individual (ya no nos presentamos como los “solucionadores”), pero al mismo tiempo de un tremendo impacto movilizador, al devolver el problema a quienes requieren enfrentarlo, incluidos nosotros.

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